viernes, 14 de marzo de 2008

Tiempo de regresar

Los animales saben instintivamente cómo preservar su vida y la de su especie. Pero ningún animal se pregunta cuál es el sentido de esa vida. Los humanos, en cambio, estamos dotados de una cualidad que Víktor Frankl (1905-1977) llamó autotrascendencia. Es el impulso a elevar la mirada desde el propio ombligo, extenderla hacia el horizonte que nos rodea y preguntarnos por el sentido de nuestra vida, de la propia y única que nos es dada. Esto suele motivar el descontento que muchas veces nos acompaña, más allá de los logros, de las apariencias exitosas, de las razones para "estar bien". Así como recordamos el agua cuando tenemos sed, nos preguntamos por el sentido cuando nos sentimos vacíos de él. Carl Jung dijo que la neurosis es el sufrimiento del alma que no encuentra su sentido. Y el sentido empieza a vislumbrarse, decía Jung, cuando nuestra vida empírica, fáctica, material, se complementa con dimensiones trascendentes y espirituales, y se vuelve parte de un todo más allá de nosotros. Hay sentido cuando dejamos de ser individuos aislados, carentes de empatía, ignorantes del otro. Es allí donde entramos en el territorio del alma. Antes, nos sentimos descontentos, vacíos. Vivimos tiempos de prodigiosos avances tecnológicos en la medicina, las comunicaciones, los transportes; la esperanza de vida aumenta; hay crecimientos económicos ampulosos. En paralelo, los antidepresivos, ansiolíticos, sedantes y calmantes se consumen como el aire, como el agua, como golosinas, y la consulta psicoterapéutica parece un requisito de vida. El cuerpo es reciclado, exhibido, convertido en fetiche, y los sentidos son estimulados hasta el aturdimiento. Es el siglo de las sensaciones extremas y fugaces, sensaciones porque sí. Convocados por lo aparente, ansiosos por tener, distraídos con la exterioridad, olvidamos el alma. Y lo pagamos con vínculos frágiles, efímeros y superficiales, con depresiones declaradas o encubiertas, con soledades ruidosas, con adicciones crecientes que toman nombres prestados (como "pasión por coleccionar", "gusto por comprar", "fanatismo por esto", "locura por aquello"), con descontento sexual, afectivo, vocacional (más allá de mucho sexo, muchas relaciones o éxito profesional) y con dolor espiritual. Como la autotrascendencia, la responsabilidad, la capacidad de hacernos cargo de nuestros actos, de nuestras elecciones, de nuestra vida, es humana. Y en ella reside la esperanza de recuperar el espacio olvidado del alma para, habitándolo, construir vidas elegidas, vidas responsables, vidas con sentido. Es una tarea urgente para estos tiempos. Por Sergio Sinay

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